La nota es la base de datos
Si cambio una reunión en Obsidian, la app lo ve. Si la app escribe, lo veo en Obsidian. No hay nada que sincronizar.
Llego a cada reunión preparado. Al salir, dicto lo que hemos hablado y el acta y las tareas llegan solas a mi cerebro digital.



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Capturas de la app con una reunión de demostración: personas, entidades y datos inventados.
Desde 2023 documento mis reuniones de trabajo en mi cerebro digital con una regla muy sencilla: una reunión, una nota. Siempre con el mismo nombre (persona, entidad y fecha) y los mismos datos arriba. Hoy son más de 500.
Pero documentar bien cuesta. Antes de una reunión, para saber qué hablamos la última vez, tenía que buscar las anteriores a mano. Y al salir, el acta se escribía cuando encontraba el hueco. A veces tarde. A veces nunca.
Grabar las reuniones no era la solución.
«No grabo las reuniones: la gente no quiere.»
Lo que quería era sencillo de decir: que ninguna reunión de mi agenda me llegue sin preparar y que ninguna se quede sin documentar. Sin grabar a nadie.
Cuatro momentos, y los cuatro leen y escriben en el mismo sitio: mi cerebro digital.
Cada paso lo hace quien mejor lo hace. Yo pongo la voz. La IA hace el resto, y cada una en lo suyo.
Una IA mira mi agenda, crea la nota de cada reunión y escribe un resumen de lo hablado en las anteriores.
Claude ↓ lee reuniones y fichasAbro la reunión en el móvil y cuento, con mis palabras, lo que hemos hablado. Un par de minutos.
Mi voz ↓ guarda el audio junto a la notaMi ordenador pasa el audio a texto. El audio no sale de casa.
Whisper, en mi ordenador ↓ añade la transcripciónUna IA convierte el dictado en el acta y saca mis compromisos como tareas, cada una en su nota.
Claude Opus ↓ escribe el acta y las tareasSi la reunión está en mi agenda, su nota existe antes de que llegue. Una IA (Claude) lee la agenda, descarta lo que no es una reunión de verdad (cancelaciones, festivos, bloqueos o citas personales) y crea la nota con estado «planificada».
Para prepararla busca en mi cerebro digital la ficha de la persona, la de su entidad y las reuniones anteriores con ellos. Y escribe un briefing: una hoja de preparación con el contexto, lo que se habló la última vez, los cabos sueltos y qué llevar pensado.
Tercera reunión con Elena Vidal, de la Fundación Pleamar, para la jornada del 20 de noviembre.
La última vez: el programa estaba casi cerrado, con dos ponentes por confirmar. Le pedí el logo en buena calidad para la web, y no consta que haya llegado.
Desde entonces: la sede pide la distribución de mesas con un mes de antelación, y la imprenta necesita el programa definitivo diez días antes.
Ejemplo con datos inventados.
Si la reunión no estaba en la agenda, la creo yo en la pestaña «Nueva». Personas y entidades se autocompletan desde mis fichas, el título se propone solo, y si alguien no tenía ficha, la app se la crea vacía para completarla después.

Nadie queda grabado. Solo mi voz, cuando la reunión ya ha terminado.
Con las notas que he tomado a mano y los recuerdos todavía frescos, abro la reunión en el móvil, pulso «Grabar» y cuento lo que hemos hablado. Un contador marca el tiempo. Al pulsar «Parar», el audio viaja a mi ordenador de casa y se guarda en mi cerebro digital, junto a la nota, para poder escucharlo cuando quiera.
Si un día prefiero escribir, «Añadir temas» pega lo que teclee en la nota. Y si yo ya había escrito algo, la IA no lo toca: mi texto manda.

Desde la pestaña Semana o desde el buscador.
Tema a tema, como se lo contaría a un compañero.
Se guarda en mi cerebro digital, enlazado a su nota.
El modelo de voz a texto de OpenAI, que es abierto y funciona en mi ordenador.
En unos minutos, la nota tiene su acta y sus tareas.
Aquí trabajan dos IA, cada una en lo suyo. Whisper transcribe en casa. Claude Opus, de Anthropic, convierte esa transcripción en el acta con unas reglas muy estrictas: primera persona, una viñeta por tema, lenguaje llano y nada inventado.
Lo más importante es cómo enlaza. En mi cerebro digital, cada persona y cada entidad tiene su ficha, y el acta enlaza con ellas. Pero la app le pasa a Claude la lista de fichas que ya existen, y solo puede enlazar esas. Lo que suena raro, no lo adivina: lo marca en amarillo para que yo lo revise.

«…Tercer tema, la sede. El Auditorio Rivera nos guarda la sala grande, con 180 butacas, pero piden la distribución de mesas antes del 15 de octubre. Cuarto tema, la difusión. Acordamos abrir las inscripciones el 5 de octubre. Quedo en revisar con Clara Bennett el texto de la web y enviárselo a Elena antes del 2 de octubre…»
Fíjate en dos detalles. Whisper oyó «Rivera» donde yo dije «Ribera», y Claude, en vez de enlazar por su cuenta, lo dejó marcado. A mi compañera Clara la oyó «Bennett»: como ese nombre no coincide con ninguna ficha, se queda en texto normal, sin un enlace inventado. Y Elena, que sí tiene ficha, sale enlazada.
Mis compromisos salen como tareas, cada una en su propia nota, con su fecha y enlazada a la reunión de la que sale. Lo que se compromete a hacer la otra parte (Elena llamará a los ponentes) queda en el acta, pero no es tarea mía.
Resultado real de la app sobre una reunión de demostración, con personas y datos inventados. Solo se ha resaltado el formato.
La app no tiene datos propios. Lee y escribe mis notas, con las mismas reglas con las que las escribo yo.
Si cambio una reunión en Obsidian, la app lo ve. Si la app escribe, lo veo en Obsidian. No hay nada que sincronizar.
Cada reunión se escribe siempre igual: mismo nombre, mismos datos, mismas secciones. La app y la IA siguen esa plantilla, como yo.
Añade el acta en su sitio y respeta el resto de la nota. Nunca borra una nota ni un audio.
Cada reunión apunta a la ficha de la persona y a la de su entidad. Desde una persona veo todas las reuniones con ella, y así se prepara la siguiente.
No grabo a nadie, y mi dictado se transcribe en mi ordenador. Lo que sí sale es el texto, porque Claude lo necesita para escribir el acta.
La app no está publicada en internet. Se llega a ella por una red privada entre mis dispositivos.
Lo que llamo app es, en realidad, una PWA (aplicación web progresiva). Es una página web que el navegador sabe instalar como si fuera una app: tiene su icono en la pantalla de inicio, se abre a pantalla completa y no pasa por ninguna tienda de aplicaciones. Funciona en el iPhone, en el iPad, en Android y en el ordenador.
La mía vive en mi ordenador de casa. El móvil no guarda las reuniones: solo enseña lo que le manda el ordenador, que es quien lee y escribe en el cerebro digital, transcribe y llama a la IA. Y se actualiza sola: cada vez que la abro, comprueba si hay una versión nueva.
Una app de red privada, instalada una sola vez en cada dispositivo. Fuera de esa red, la dirección no lleva a ningún sitio.
En Safari, en el iPhone o el iPad. En Chrome o Edge, en Android o en el ordenador.
iPhone: botón Compartir y «Añadir a pantalla de inicio». Android: menú ⋮ e «Instalar aplicación».

Con su icono, entre las demás. La primera vez que dicto, pide permiso para usar el micrófono.
Reuniones grabadas. Solo mi voz, al salir, y el acta llega sola a mi cerebro digital.
Empiezo a documentar cada reunión de trabajo en mi cerebro digital, siempre con la misma plantilla. Sin ese orden, nada de lo que vino después habría sido posible.
La monto con Clowe, mi IA, en Claude Code. En mi diario quedó así: «Vemos el Mundial de Fútbol 2026. Aprovecho para actualizar el cerebro digital. Monto un Cerebro Reuniones». Antes de dejarla escribir en mi cerebro digital, la probamos en una copia.
Las primeras reuniones reales, dictadas al salir. Ese día escribí: «es un gusto, la verdad».
Las tareas que salen del acta pasan a ser notas propias, como el resto de mis tareas, y el acta sigue reglas más estrictas.
La IA puede escribir junto a cientos de notas sin estropear nada porque todas siguen la misma estructura.
Al no tener datos propios, la app nunca se descuadra con mi cerebro digital. Lo que cambio en un sitio está en el otro.
Darle la lista de fichas que ya existen y obligarla a marcar las dudas, en vez de adivinar, es lo que hace que me pueda fiar del acta.
La gente no quiere que la graben. Y para escribir el acta basta con lo que cuento yo al salir.
Antes de dejar que una app escriba en mi cerebro digital, la pruebo en una copia de ensayo.