Radar de compromisos
Lee mi correo y mi agenda y apunta qué he prometido, a quién y para cuándo. Y también lo que me deben a mí. Si algo lleva dos semanas sin moverse, me pregunta.
Mi cerebro digital no se queda quieto esperando a que lo consulte: trabaja solo, a su hora, y me avisa cuando hace falta.
Ilustración: así se ve una mañana de mis procesos. Los horarios son los reales.
Un cerebro digital sirve de poco si todo depende de que yo me acuerde de consultarlo. Y yo no me acuerdo de todo.
Lo vi claro con el correo. En julio tenía un sistema que apuntaba los compromisos que salían de mis mensajes. El 22 de julio conté: 180 compromisos abiertos, 32 vencidos, y el más antiguo llevaba ahí desde principios de junio.
No era desidia. El sistema solo daba algo por hecho si llegaba un correo que lo confirmara. Pero muchas cosas se resuelven fuera del correo: una firma, una llamada, una gestión en otra aplicación. Nadie se enteraba, y la lista crecía.
«Que no se escape nada.»
Había un segundo problema, más escondido. Mis tareas automáticas dependían de tener una ventana abierta en el ordenador. Si se cerraba, dejaban de funcionar. Y algunas fallaban sin avisar a nadie.
Desde el 5 de agosto, nada depende de que yo tenga una ventana abierta.
Todo lo arranca el reloj del propio ordenador, que no duerme. Cada proceso pertenece a una de estas tres clases.
Mis aplicaciones y el bot del móvil. Están despiertos día y noche, y si se caen vuelven a arrancar solos.
El reloj despierta a una IA y le da un manual escrito: qué puede hacer y qué no. La IA juzga; lo mecánico lo hace un programa.
Copias de seguridad, comprobaciones y recuentos. No necesitan pensar: solo hacerse a su hora, sin falta.
Elegir qué notas revisar, aplicar un cambio o guardar una copia lo hace un programa. La IA solo decide lo que necesita criterio.
Al terminar, cada proceso deja una señal de vida. Y solo cuenta como buena si se comprobó que el trabajo quedó hecho.
Todo proceso nuevo se da de alta en el vigilante el mismo día que nace. Lo que no está vigilado, no existe.
Estas son las piezas que más se notan en mi día a día. Cada una tiene su hora y sus reglas.
Lee mi correo y mi agenda y apunta qué he prometido, a quién y para cuándo. Y también lo que me deben a mí. Si algo lleva dos semanas sin moverse, me pregunta.
A las 07:30 me llega al móvil lo que no puedo dejar caer. Los domingos, el de toda la semana que empieza.
Cada compromiso llega con tres botones: hecho, sigue vivo o no aplica. Un toque y queda cerrado, en menos de un segundo.
Tres bibliotecas que la IA mantiene al día: la documentación pública de comisiones autonómicas, la de una asociación y mis ideas guardadas al leer.
Mientras duermo, se revisan la ortografía y la gramática de lo que escribí. Lo seguro se corrige; lo dudoso me espera en un informe corto.
Cuando nombro a una persona, una empresa o un lugar que tiene ficha, se pone el enlace. Lo hace un modelo pequeño entrenado en casa.
Cada lunes a las 07:30, cómo han ido mis proyectos la semana anterior. Sin que nadie lo escriba.
Una pequeña web mía para encender o apagar tareas, cambiarles la hora o dejar un encargo nuevo.
Dos veces al día comprueba que todo lo demás sigue vivo. Solo me escribe si algo calla.
Una tarea que falla sin avisar es peor que no tenerla.
Porque te fías de ella. Por eso, desde el 3 de agosto, hay un vigilante por encima de todo lo demás, y no usa IA: solo comprueba hechos.
A las 09:00 y a las 21:00 repasa cada proceso, cada aplicación y cada ordenador. Hoy son 96 comprobaciones.
Un recuento revisa todo lo que está programado y denuncia lo que nadie vigila.
Cada mañana, a las 08:45, busca procesos que no aparezcan escritos en ninguna parte. Lo que no está documentado, se olvida.
Si todo está en verde, no me escribe. Me escribe una vez, agrupado, cuando algo falla.
Los domingos me manda un «todo vivo». Así sé que el propio vigilante no se ha muerto en silencio.
No intenta arreglar nada por su cuenta. Avisa, y el arreglo se decide con calma.
El 26 de septiembre a las 09:00, la ronda del vigilante dio 96 de 96 comprobaciones en verde.
Qué pasa, por dentro, con un correo que me pide algo.
Cinco veces al día, los laborables, el Radar repasa mi bandeja.
Un modelo que funciona en casa decide si es un compromiso, un aviso o ruido. Tarda unos seis segundos.
Un programa escribe el compromiso: qué, con quién y para cuándo. Sin duplicados.
A las 07:30 aparece en el resumen del día, ordenado por prioridad y con el porqué.
Pulso «hecho» en el móvil y el compromiso se archiva, con fecha y motivo.
Ese clasificador tiene su propio examen: 213 correos reales con la respuesta correcta ya conocida. En la última prueba acertó el tipo en el 98 % y detectó el 96 % de los compromisos. No se cambian sus instrucciones sin volver a examinarlo.
Las tareas de la noche funcionan con una idea que vi en un vídeo de Emowe: un tablero de tarjetas dentro de mi cerebro digital. Cada tarjeta es un encargo. Un programa sencillo, sin IA, mira el tablero cada minuto y reparte el trabajo.
A las 02:00 aparece en el tablero la revisión de ortografía de esa noche.
El programa busca quién sabe hacer ese oficio y le entrega la tarjeta.
Nace un agente para esa única tarea, con las instrucciones justas. No arrastra nada de otras conversaciones.
Lo seguro se aplica. Las dudas se quedan en un informe que leo con el café.
La tarjeta se cierra con su resultado. El agente termina y desaparece.
El programa que reparte las tarjetas vive fuera del cerebro digital. Ningún agente puede reprogramarlo.
Cada oficio tiene sus reglas escritas. Una tarjeta no puede saltárselas.
Cada oficio usa el modelo que mejor lo hace: unos en casa y otros por internet.
Esto sí es un horario. Son las horas reales a las que arranca cada cosa, sin que yo haga nada.
Mira el tablero por si hay una tarjeta nueva.
Las notas que cambié en las últimas horas.
Otro oficio, con otro modelo y otras reglas.
De mis sistemas y de mis blogs.
Hasta 80 notas por noche, las más recientes.
Qué citas piden preparación. Se repite a las 14:05 y a las 20:05.
Se ordena la documentación que ha llegado.
Al móvil. Los lunes, además, el parte de proyectos.
Primer barrido. Luego a las 09:45, 11:45, 14:45 y 17:45.
Documentación nueva. Se repite a las 10:06, 12:06 y 14:06.
Lo que guardé leyendo se clasifica en temas y fichas.
¿Hay algo funcionando que no esté documentado?
La ronda de comprobaciones.
El correo, la agenda y las comisiones descansan el fin de semana. La agenda hace un repaso completo el sábado por la mañana y el domingo por la tarde.
Ventanas que tengo que dejar abiertas. Todo arranca solo, y un vigilante me avisa si algo calla.
Paso a mantenerlo con mi IA y llegan los botones para cerrar compromisos desde el móvil.
Las bibliotecas de la asociación y de las comisiones pasan a ordenarse solas.
Lo que guardo al leer empieza a clasificarse en temas, con un resumen cada domingo.
En su primera semana ya cazó un fallo real que habría pasado desapercibido.
Todo pasa a arrancar con el reloj del ordenador.
Prioridad explicada, examen de 213 correos reales y cierre de compromisos más fiable.
Llega la idea del tablero y, dos días después, la primera noche real de ortografía. Esa misma noche empieza la gramática.
Empieza el enlazado nocturno, y todo lo que usaba IA local pasa al nuevo modelo grande de casa.
Una tarea que falla sin avisar es peor que no tenerla, porque te fías de ella.
Una vez, un proceso terminó sin errores y sin hacer su trabajo, y todo parecía en verde. Desde entonces, solo cuenta como bueno lo que se ha comprobado.
Con un programa para lo mecánico y la IA solo para decidir, todo sale igual cada día.
Si todo me avisa, nada me avisa. Y un informe que no se lee con el café está mal hecho.
La primera noche de revisión hubo una corrección mala entre veintitrés. Se deshizo y se convirtió en una regla que no deja que vuelva a pasar.