El arte de la guerra
La columna de todo. De Sun Tzu viene la idea más útil: la mejor victoria es la que se consigue sin pelear. Por eso siempre hay una alternativa de «ganar sin confrontar».
Las decisiones importantes las pienso hablando desde el móvil con una IA que se documenta en mi cerebro digital y me lleva la contraria.
Ilustración con un caso inventado.
Las decisiones que de verdad importan (un conflicto, una negociación, un dilema, un proyecto que no hay manera de sacar adelante) las pensaba a pelo. Dándoles vueltas en la cabeza y, con suerte, comentándolas con alguien.
Preguntárselas a una IA, sin más, tampoco lo resolvía. Una IA sin método tiende a darte la razón. Es muy cómoda, pero para decidir no sirve de nada.
Y había algo más escondido: una decisión se tomaba y ahí se quedaba. Nadie volvía a mirarla para ver si había acertado, y sin mirar el resultado no se aprende.
Quería pensar mis decisiones con método, y saber después si acerté.
Llevaba tiempo con una idea en la cabeza: usar las máximas de El arte de la guerra, de Sun Tzu, para pensar mejor lo que me pasa. Atalaya nació de ahí.
Atalaya es mi espacio para pensar decisiones. Una app en el iPhone donde cuento el tema hablando, y Clowe, mi IA, lo piensa conmigo con un método fijo. Cada tema es un «caso», y cada caso queda guardado como una nota más de mi cerebro digital.
No es un desahogo ni un chat amable. Si mi planteamiento cojea, me lo dice.
Se documenta, me pregunta lo que falta, me propone alternativas, recomienda una y la somete al ataque de otra IA. Y decido yo.
Cada decisión lleva una fecha de revisión y termina con un veredicto y una lección.
Cada caso es de uno de estos tipos, y cada tipo tiene sus propias preguntas:
Las decisiones de salud no son su terreno: ahí no se deduce nada. Y en los temas de familia puede ayudarme a pensar, pero sin el enfoque de conflicto, y me lo dice. Tampoco es una lista de tareas: aquí se decide, no se apuntan pendientes.
Así avanza un caso de fondo, de principio a fin. En cada paso digo quién hace el trabajo, porque no todo lo hace el mismo modelo.
Desde el móvil, hablando y a mi manera. Sin cuestionarios.
Transcribe: Whisper, en casa¿Es exprés o de fondo? ¿Conflicto, negociación, dilema, proyecto atascado? Lo deduce de lo que cuento, y yo puedo corregirlo.
Delibera: Claude OpusPrimero me devuelve lo que ha entendido. Después, solo lo que falta, todo de una vez, para contestar de una tacada.
Claude OpusAntes de opinar, lee mi cerebro digital: el diario, las fichas de las personas, los casos anteriores y mis modelos mentales. Cada dato, con su fuente.
Claude Opus, en mi cerebro digitalUn diagnóstico que confirmo o corrijo, y de dos a cuatro alternativas con su coste, su riesgo y su primer paso.
Claude OpusOtro modelo, de otra empresa, ataca la recomendación sin piedad. Si sobrevive, sale reforzada. Si no, veo las dos visiones.
Ataca: GLM 5.3 Flash, en casaRecomendación con su porqué, premortem y señales que vigilar. La puedo escuchar. Decido yo, y pactamos una fecha de revisión.
Decido yoLlegada la fecha, cuento qué pasó. El caso se cierra con un veredicto y una lección escrita.
Contrasta con mi diarioSi el tema es pequeño y tiene prisa (un correo que molesta, una decisión menor para hoy), no hay instrucción larga ni abogado del diablo. Como mucho tres preguntas, y se resuelve en la misma conversación. Si hace falta, con el borrador de la respuesta.
El método no me lo he inventado. Junta ideas clásicas de estrategia, y las pone al servicio de algo muy personal: mis propias reglas.
La columna de todo. De Sun Tzu viene la idea más útil: la mejor victoria es la que se consigue sin pelear. Por eso siempre hay una alternativa de «ganar sin confrontar».
De Richard Rumelt: antes de buscar soluciones, entender qué pasa de verdad. Muchos problemas mal resueltos estaban, en realidad, mal planteados.
Para negociar: saber qué haré si no hay acuerdo. Quien lo tiene claro negocia con más calma y cede menos.
Un ciclo corto, que se repite. Sirve para no quedarse pensando eternamente, y para ajustar cuando el terreno cambia.
Imaginar que ha pasado un año y todo ha salido mal, y preguntarse por qué. Lo que aparece ahí son las señales que hay que vigilar.
Las reglas y creencias que tengo escritas en mi cerebro digital. Se usan a mi favor y también en mi contra: «tu propia regla dice…».
«Ganar sin confrontar» y «no hacer nada». Esta última también tiene su precio, y se dice cuál es.
No me da un menú neutro. Me dice qué haría y por qué. La decisión que queda escrita es la mía, aunque sea otra.
Lo que sale de mi cerebro digital va con su cita. Lo que no tiene fuente se presenta como hipótesis.
Un caso completo, pantalla a pantalla. El caso es inventado, pero la app es la de verdad: no enseño mis decisiones reales, porque son mías.
Lo cuento como me sale, con sus dudas y sus vueltas. Cuando termino, el audio se convierte en texto en mi propio ordenador, y antes de enviarlo puedo corregir lo que se haya entendido mal.
Mientras piensa, puedo bloquear el móvil o cerrar la app. Una respuesta de fondo tarda unos minutos, y cuando vuelvo está ahí esperándome. Ningún dictado se pierde: el audio se guarda antes de transcribirse.


No opina a la primera. Me devuelve lo que ha entendido en dos o tres frases y me pregunta, de una vez, lo que le falta saber.
La última pregunta de este ejemplo es de las que más me gustan: «¿me pides criterio o me pides permiso?». Contestarla con sinceridad ya ordena mucho.

Aquí está la diferencia con preguntarle a cualquier IA. Atalaya busca en mi cerebro digital lo que yo mismo escribí: cómo he ido de carga estas semanas, qué pasó la última vez que me metí en algo parecido, qué reglas me puse.
Muchas veces el argumento más fuerte no lo pone la IA. Lo pongo yo, meses antes, en mi diario.

Llegan las alternativas, siempre con «ganar sin confrontar» y «no hacer nada». Y, antes de la recomendación final, otro modelo la ataca como abogado del diablo.
En este ejemplo le caza un supuesto frágil y la recomendación se corrige. Cierra con el premortem y con la señal que va a vigilar. La propuesta final se lee sola en voz alta, y cualquier respuesta se puede escuchar con el botón «oír».


La lista de casos me recuerda lo que toca revisar. Cuento qué ha pasado, y no se queda con mi recuerdo: lo contrasta con lo que escribí esas semanas.
El caso se cierra con su veredicto y una lección. Y si algo empieza a torcerse, lo dice, aunque el resultado haya sido bueno.


Una pestaña cuenta los veredictos por tipo de caso y reúne todas las lecciones. Con el tiempo, me dirá qué clase de consejo me funciona y cuál no.

Capturas de la app real sobre una copia aislada, con casos y cifras inventados.
El que propone no ve sus propios puntos ciegos. Por eso otro le ataca.
Escuchar, razonar, llevar la contraria y leer en voz alta no lo hace la misma IA. Cada tarea tiene el modelo que mejor la hace.
Convierte mi voz en texto en mi propio ordenador. Mi voz no sale de casa.
Hace el trabajo de fondo: clasifica, pregunta, se documenta, diagnostica, propone y revisa. Aquí quiero el mejor razonamiento que pueda tener.
El modelo grande que funciona en casa. Otra empresa, otra forma de pensar, y un encargo claro: atacar sin piedad la recomendación.
Lee en voz alta la propuesta final, y cualquier respuesta que quiera escuchar. Recibe solo el texto que tiene que leer.
El diario, las personas, los casos anteriores y mis modelos mentales. Sin esto, sería un consejero que no me conoce.
Siempre. Si decido algo distinto de lo que me recomienda, se escribe tal cual, sin volver a discutirlo.
Lo que puede quedarse en casa, se queda en casa: la voz se transcribe en mi ordenador y el abogado del diablo trabaja en casa. La deliberación la hace Claude, y la app solo se abre desde mis propios dispositivos.
Decisiones que toma la IA por mí. Propone, recomienda y me lleva la contraria. Decido yo.
Atalaya es una PWA. Suena técnico, pero es sencillo: una página web que se instala en el móvil como si fuera una app, con su icono en la pantalla de inicio, sin pasar por la App Store. Se abre a pantalla completa y funciona igual en el iPhone y en el ordenador.
El icono. Una atalaya sobre un cerro: la torre desde la que se vigila el terreno antes de moverse. Dibujada con una sola línea.
En Safari, desde el iPhone.
Pulso el botón de compartir del navegador.
Elijo «Añadir a pantalla de inicio».
La atalaya, junto a mis otras apps.
Solo se abre desde mis dispositivos, por una red privada entre ellos.
Un caso pasa por varios estados. Uno de ellos es el reposo: dejar que una decisión repose unos días también es táctica, no olvido. Se pacta la fecha y el caso vuelve solo cuando toca.
Y todo caso se cierra con uno de estos cuatro veredictos:
La decisión dio el resultado que buscaba.
Algo salió y algo no. Casi siempre es donde más se aprende.
El consejo o la decisión fallaron, y se escribe por qué.
Decidí, pero no lo hice. No es un fracaso del consejo: es otro dato, y también cuenta.
Las lecciones se juntan en un cuaderno propio dentro de mi cerebro digital. La pregunta de fondo es sencilla: ¿qué tipo de consejo me funciona y cuál no?
Lo diseño con Clowe, mi IA, a partir de la idea de Sun Tzu, y ella lo construye con Claude Code ese mismo día: el método, la app y el sitio de los casos en mi cerebro digital.
Esa misma tarde, el primer caso real, hablado desde el móvil. Y el primer ajuste: que siga pensando aunque bloquee la pantalla.
Cada audio se guarda antes de convertirse en texto. Si algo falla, el dictado sigue ahí.
El primer veredicto y las primeras lecciones en el cuaderno.
Las respuestas llegan con su formato (negritas, listas, apartados) y la voz lee el texto limpio.
El ataque a las recomendaciones pasa a GLM 5.3 Flash, el nuevo modelo grande de casa.
Que me den la razón es agradable. Que me enseñen lo que no veo es lo que de verdad ayuda a decidir.
Muchas veces el mejor argumento estaba en mi propio diario. Sin mi cerebro digital, el consejo sería genérico.
El abogado del diablo caza lo que el primero no ve de sí mismo. Y cuando la recomendación sobrevive, sale más fuerte.
Toda recomendación tiene que decir qué la desmentiría. Y tiene que caber en mi semana real, o no se ejecuta.
Los argumentos no apagan las ganas. Lo que funciona es mirar con detalle todo lo que implicaría cumplirlas.
Una decisión sin veredicto se queda en opinión. Con la fecha pactada, cada caso me enseña algo.