Hoy
Lo atrasado, lo de hoy, los próximos días y la reunión del día. Abro y sé qué toca, sin preguntar.
Donde mi equipo y yo trabajamos cada día. Y donde yo, además, veo mi vida entera de un vistazo.



Recreación de las pantallas de El Astillero con datos inventados.
Todo empezó a finales de agosto, ingresado en el hospital. Hablando con mi IA descubrí algo que no me esperaba: yo no sabía delegar.
«Yo encargaba la faena a otras personas y, a cambio, me llenaba de tareas para comprobar que la hacían. Aquello no era delegar. Era microgestión con buenos modales.»
Mis proyectos estaban repartidos entre varias herramientas, y cada uno tenía una estructura distinta. No había forma de tener una foto global ni de saber quién hacía qué. Y cuando no ves el conjunto, solo te queda preguntar.
Lo que quería era sencillo de decir: delegar de verdad, tener un cuadro de mando común con mi equipo y vivir con menos estrés.
Lo compartido con mi equipo y lo que es solo mío viven en el mismo sitio. Lo que cambia es la puerta.
Mis tres compañeras y yo, cada uno con su usuario y su contraseña, desde el ordenador o el móvil y desde cualquier sitio.
Todo vive en mi cerebro digital, en casa. No hay una base de datos aparte ni copias que sincronizar: lo que se toca en El Astillero se escribe en la nota, y al revés.
Solo se abre desde mi red privada. Ahí El Astillero deja de ser un gestor de proyectos y se convierte en el cuadro de mando de mi vida.
| Áreas que se pueden compartir | Áreas solo mías | |||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| Quién | Área 1 | Área 2 | Área 3 | Marca personal | Personal | Familia |
| Yo | ||||||
| Compañera A | ||||||
| Compañera B | ||||||
| Compañera C | ||||||
Esquema del reparto real: cada compañera entra en una, dos o tres de las áreas compartibles. Las áreas personales solo las veo yo.
Aunque un área se comparta, solo entra lo que yo marco como compartido. Lo demás, ni aparece.
No se trata de esconder cosas en la pantalla: el ordenador que guarda los datos nunca envía a nadie lo que no le toca.
En lo compartido cualquiera crea, completa, reasigna o anota. Y cada cosa tiene una persona que la lleva, además del equipo que la sigue.
Lo que vemos y usamos los cuatro, cada uno en sus áreas. Son unas cuarenta pantallas; estas son las que más uso.
Lo atrasado, lo de hoy, los próximos días y la reunión del día. Abro y sé qué toca, sin preguntar.
Un proyecto por fila, con hechos y no con semáforos inventados: vencidas, sin plan, parado 30 días o en marcha. Arriba, lo que reclama intervención.
Situación, tareas, reuniones, avances fechados y firmados, documentos con sus versiones y el hito con su cuenta atrás. Todo el proyecto en una página.
Mis tareas por horizontes y un mapa de ocho semanas que enseña cuánta carga hay de verdad cada día.
Cuántas tareas lleva cada persona, en la misma escala. Las que no tienen responsable salen las primeras.
Qué ha hecho cada uno, con nombre y fecha. La campana avisa de lo que otros han hecho y te afecta.
Su propio calendario, un resumen para prepararlas, las tareas que salen de ellas y sus documentos.
Personas, empresas, eventos, reuniones y tareas nacen directamente en mi cerebro digital, con su estructura exacta y sin duplicados.
Cada lunes a las 07:30, un resumen de qué se movió la semana anterior y quién lo movió. Sin escribirlo nadie.
Cuando entro por mi puerta, El Astillero se convierte en el cuadro de mando de mi vida.
Me saluda con la luz de la hora y me cuenta en tres o cuatro frases cómo viene el día: la próxima cita, las tareas de hoy y lo que pide respuesta.
Mis calendarios en un solo sitio. Cualquier cita se convierte en tarea con un toque.
El correo que pide acción pasa a tarea o a proyecto, o se cierra, sin salir de El Astillero.
Escribo, ordeno y cierro mi día desde aquí, y todo queda en mi diario.
Le pregunto a mi propio cerebro digital. Y me enseña qué escribía ese mismo día, años atrás.
Planifico por roles y objetivos, reparto el trabajo por días con bloques que se arrastran y cierro la semana valorando cómo ha ido cada rol.
Todos mis accesos, ordenados en estas cinco familias en la pantalla de inicio. Y una versión que funciona sin internet en mi portátil.
Qué pasa, por dentro, cuando alguien del equipo marca una tarea como hecha.
Una compañera completa una tarea, desde el ordenador o desde el móvil.
El cambio se escribe en la nota de esa tarea, con su nombre y la fecha.
Antes de escribir se guarda la versión anterior. Nada se borra: cancelar es marcar.
Aparece en la actividad del equipo, y en la campana de quien le afecta.
A las 07:30 entra en el parte semanal, junto con todo lo demás.
Y al revés: si cambio algo directamente en mis notas, en menos de veinte segundos se ve en El Astillero.
No es un horario: es lo que tengo a mano en cada momento.
Qué se movió, qué se paró y quién lo movió.
El saludo, la próxima cita, lo que toca hoy y el correo que pide respuesta.
Lo atrasado y lo de hoy. Si surge algo, se reparte en dos toques y queda firmado.
Su resumen, sus documentos y, al acabar, las tareas que salen de ella.
Roles, objetivos y el reparto del trabajo por días.
Cierro el día y todo queda en mi diario.
De la idea, por la mañana, a tenerlo funcionando a medianoche, con Claude Code (una IA que programa). Luego, un mes de mejoras usándolo cada día.
La idea por la mañana y la primera versión funcionando esa misma noche. Me propuso varios nombres y elegí El Astillero.
Rediseño completo: parte semanal, reparto y cuenta atrás de hitos.
La primera compañera empieza a usarlo. Decido quedarme con un solo sistema y dejamos todos los proyectos con la misma estructura.
Aprende a crear notas y se apaga del todo la aplicación anterior.
El inicio que me habla, la agenda en directo y la nota del día.
Cada cosa pasa a tener una persona que la lleva, además del equipo que la sigue.
Roles, objetivos, líneas de trabajo y el cierre semanal.
Delegar no es encargar y vigilar. Es ver el conjunto, y así poder soltar.
«Ponlo en producción y a partir de ese momento ya corregimos sobre la realidad.» Lo mejor salió de usarlo cada día, no de planearlo todo antes.
Por eso la actividad y la campana son de todo el equipo, no de cada uno por separado. Nadie tiene que preguntar qué se ha hecho: se ve, con nombre y fecha, y eso anima a seguir.
Quién ve qué se decide en el ordenador que guarda los datos, no escondiéndolo en la pantalla.